Sal 17,2-3a.3bc-4.5-6.7
R/. En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó
V/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R/.
V/. Dios mío, peña mía, refugio mío,
escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos. R/.
V/. Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte. R/.
V/. En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos. R/.
Hoy mi relato versa sobre este salmo que nos presenta Dios en su Palabra para nuestro alimento. Estoy seguro que hemos estado en situaciones de peligro y hemos invocado al Señor desde lo profundo como un grito desesperado y hemos recibido respuesta.
Desde nuestra tierna infancia hemos gritado al Señor por ayuda. Quién no recurrió al "Niño amable de mi vida, consuelo de los cristianos la gracia que necesito pongo en tus benditas manos". Esta novena la niño Jesús hacia parte del arsenal de armas espirituales en tiempo de exámenes del colegio, lo curioso era que en muchas ocasiones no habíamos estudiado. Quién no ha hecho los nueve domingos a Monserate, con la música de fondo de la Cucaracherita, y además de comer tamal con chocolate se ha encontrado con el Señor Caído que nos levanta, quién no ha ido a Bojacá o a Soracá y no ha sido ayudado. Y si hablamos de mayores estratos, ligas mayores, quién no ha hechos la peregrinación a los lugares marianos y entrado en la gruta de Cova de Iria o la cueva del Ángel, tomado agua de Lourdes o traído pañuelitos con el agua que brota del Cristo en Medjugorge y hemos sido sanados, transformados o liberados. Y claro estamos los que vamos a nuestra Parroquia muy devotos cada semana y encontramos esa fortaleza.
He ahí que es en esas andanzas espirituales donde encontramos la certeza de que el Señor nos escucha. Por supuesto que te respondo cuándo me dices que no hay ir tan lejos para encontrar al Señor, pero permítenos que seamos un poquito exóticos.
Bueno la realidad es que hemos estado en peligros de lo más variopintos y allí hemos gritado al Señor y él nos ha escuchado. Sería interesante hacer una recopilación de todas esas anécdotas de amor en las cuales él nos ha ayudado, supongo que pasaría lo mismo que dijo Juan al fina de su evangelio. Y hay también muchas otras cosas que Jesús hizo, que si se escribieran en detalle, pienso que ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían. Juan 21,25.
Y he escrito la cita esta vez por que me he enterado por los de Cloe que cuando parafraseo o escribo algún texto de la Biblia sin cita piensan que son Palabras mías y eso tiene copyright.
Bueno volvamos al Salmo. Leen cómo es hermoso la analogía que hace el salmista de la cercanía de Dios en la montaña, sobre la montaña. Pienso es los hermosos castillos medievales en las altas montañas, allí Jesus Rey ha hecho un baluarte para que viviendo en él seamos protegidos.
Luego el salmista nos lleva al mar y nos habla de olas mortales, con esas redes del abismo que dicho en palabras sencillas me estaba ahogando. Y el Señor vino a salvar, se lanzó al agua por mi. Allí esta lo hermoso del salmo. Es una confianza absoluta en el Dios que escucha mi grito en las peores situaciones. No puedo pasar por alto un detalle. El Salmo no dice cuando el bueno grita el Señor lo escucha. Dice cuando uno grita. Y uno es todos sin acepción de personas. Pues Dios no hace su milagro por que seamos buenos sino para que seamos mejores.
Y finalmente la imagen del Señor que derrota a nuestros enemigos. Y hablamos de enemigos visibles e invisibles. Con la espada de su Palabra en mano derrota a los enemigos que nos cercan.
La imagen que he colocado hoy responde a uno de esos momentos en los que he estado en peligro. De misión con un grupo de Jóvenes en una larga caminata de muchas horas fuimos sorprendidos por una tormenta, en la noche ya madrugada, el frio que calaba nuestro huesos, el río que se había convertido en riada que amenaza con llevarnos por delante y en la orilla gritamos al Señor no solo de hambre y después de un rato todo se calmó. Pues cuando uno grita el Señor lo escucha.
Con Dios a golpe de sorpresas
