Un manantial de vida
Isaías en el capítulo 47, nos presenta un de las imágenes sorprendentes de los frutos que recibimos desde el templo, la imagen del agua que baja desde el templo y riega la tierra. De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.
Lo que sorprende es que el agua va creciendo a medida que va bajando, debería ser al contrario, pero no, lo que comienza como un arrollo se convierte en un gran torrente.
Así es la Palabra de Dios que se lee en el templo, un manantial que brota y que allí donde sea llevada se debe convertir en un torrente que dé mucho fruto a derecha e izquierda de nuestra vida.
Recuerdo mucho esa escena que están observando en la foto, Nanchipay se llama la camioneta que ven en la fotografía, con ella íbamos de comunidad en comunidad llevando la alegría del Evangelio a los lugares mas apartados de nuestra Parroquia, lo interesante es que al mismo tiempo y abusando de la vejez de la camioneta y en medio de los más grandes calores, por las carreteras no carreteras la cargábamos de agua hasta el techo, una verdadera proeza que luego se nos convertía en costos, pero el amor no mide costos. En ella cargábamos cantidad de bidones de agua dulce, fresca y medicinal de la montaña. Cada familia, nos daba su bidón que ingeniosamente marcaban. Lo interesante es que la Buena Nueva llegaba como agua fresca que bajaba de la montaña. Nosotros muchas veces nos olvidamos de la riqueza de una gota de agua que calma la sed:
«Así como la lluvia y la nieve bajan del cielo,
y no vuelven allá, sino que empapan la tierra,
la fecundan y la hacen germinar,
y producen la semilla para sembrar
y el pan para comer,
así también la palabra que sale de mis labios
no vuelve a mí sin producir efecto,
sino que hace lo que yo quiero. Isaias 55
E Esa es el agua de la que estoy hablando, una Palabra llena de esperanza para mi pueblo que tiene sed, una Palabra para mi pueblo que en la infertilidad necesita convertir el desierto en un vergel. Las lecturas del día de hoy nos llevan a meditar en esa realidad del agua. Jesús es el agua viva que calma la sed de la humanidad, su costado abierto es un grifo siempre oportuno para calmar nuestra sed de cielo en la tierra. Trayendo a la memoria aquellos momentos en los cuales por carreteras empedradas y polvorientas resonaban los cantos de agradecimiento por esa poquita de agua para nosotros, pero ese océano de bendiciones para ellos; debo insistir en esa premura de volver a la Palabra. Jesús nos habla, "no temáis soy yo el Señor". Fuente de agua viva. Los invito para que hoy sea además de ver la frescura de La alegre noticia del Señor, también seamos consientes de la responsabilidad que tenemos con nuestros hermanos que necesitan la gota fresca de Dios y la gota fresca de esa agua que muchas veces nosotros derrochamos.
Recuerden que si nos desgastamos por los demás Dios no olvida el sacrificio, la palabra, la oración y sobre todo el amor que hemos tenido para con él. Estamos en un tiempo de desgastarnos por los demás rescatando aquellos momentos en los cuales lo simple se vuelve anécdota que cambia nuestra vida. Señor dame de esa agua, como la Samaritana.
Con Dios a golpe de sorpresas.
